12 Kilómetros suaves y la luna llena
Dile a un triatleta experimentado que una de las patas de la mesa tu entrenamiento es correr 12 kilómetros suaves, regularmente. Se reirá de ti. Eso es poco, eso es lento, eso es nada. No amigo, respondería orgullosamente yo a mi supuesto amigo triatleta experimentado. Pregúntame que me llevaría a una isla desierta. 12 kilómetros suaves me llevaría. Pregúntame con qué me gusta el café. Con 12 kilómetros suaves. Levanto el pecho y digo con orgullo, hoy he corrido 12 kilómetros suaves. Bajo la luna llena y el Cinturón de Orión. Bajo el puente de la autovía, tratando de no molestar a los indigentes ensobrados en sus mantas sucias y colchones destartalados. Bajando los tres escalones del carril de las cuatro piedras, en diagonal, subiendo los tres escalones, en diagonal, tratando de no interferir en los negocios de los gatos ni en los ronquidos de las monjas (a 100 metros se escuchan). 12 kilómetros sin hacer daño a nadie, sabiendo cuando va a pitar el reloj y lo que va a decirme.
Este domingo intentaré completar mi primer triatlón. Es decir, ya lo intenté en As Pontes, pero me quede en la bicicleta. No pude correr. Conforme al reglamento llegué 22 minutos tarde. No discutí ni tenía nada que objetar. Un triatleta experimentado, meneando la cabeza, me diría: ya te lo dije. He de concederle este asalto, a mi quisquilloso amigo. Por lo tanto, reformulo la cuestión. Este domingo volveré a intentar completar mi primer triatlón, Olímpico esta vez. En Alicante. Espero que sea la primera de muchas líneas de meta.
Y cuando sea un triatleta experimentado y alguien me diga: imagine que el entrenamiento es una mesa, y sus patas son sus patas ¿cuál considera usted que sería una de las bases del entrenamiento del triatlón de larga distancia?
Cerrando los ojos y recordando la noche estrellada y los ronquidos de la monja incorrupta y las toses de los sin techo y los maullidos de caramelo de los gatos responderé: doce kilómetros suaves.
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