18 Km Suaves de carrera y un café
La relación no iba bien. Yo llevaba durmiendo en el sofá un mes. Noe dormía con el crío. El crío venía conmigo algunas noches a dormir al sofá. Noe no salía del dormitorio. No nos mirábamos. No nos dirigíamos la palabra. Si una entraba en una habitación, el otro salía. Y el crío, por ahí en medio. Y nosotros dándole los escombros de las sonrisas y el cariño que estábamos aplastando por los reproches que no nos decíamos. Así somos, o éramos. Duros, gente dura. Silenciosa cuando menos falta hace. La separación empezó a tomar cuerpo, la veíamos venir. Con miedo al principio, con alivio después. ¿Quién puede vivir así? Así no se puede vivir. No recuerdo cómo fue, ni que botón tocó quién. Pero una noche, a la hora de la cena, me vestí de corredor y salí dando un portazo. Mi corazón no podía más, mi mente estaba destrozada. No tenía fuerzas ni ánimo. Me fui. Empecé por el Malecón, dirección a la La Ñora. Ya era de noche. Terminé el Malecón, continué, hacia Guadalupe. Noche cerrada, hay un tramo sin farolas. En el kilómetro 4, una larga curva sin arcén. Di tú que yo tenía miedo que un coche me llevara por delante. Si es que lo deseaba. Problema resuelto. En vez de separación, entierro. Seguí, no pasó nada. Seguí corriendo, como digo, hacia La Ñora. Giré hacia la UCAM, no me gustó eso de girar. Yo quería seguir, seguir corriendo hasta Mongolia, hasta Pekín. Hasta Siberia. Ya preguntarían por mi. Ya me echarían de menos. Me encontrarían bajo el puente de Brooklyn, entre cartones, aquel corredor que desapareció. Un vagabundo. Un corredor errante. Sin hogar ni memoria. Sin dolor, sólo zapatillas y kilómetros. Cien al día. Doscientos. Me encontrarían en una cueva de Bangladesh, el ermitaño corredor que desapareció. Me encontrarían en la estrella polar, aquel corredor que... Dejé la UCAM atrás, seguí hacia la UMU. Hice el recorrido que hacía el autobús cuando estudiaba. Giré a la derecha por el puente. Oscuridad. Que viniera el autobús. Ahora era el momento perfecto. Aquel corredor que iba a desaparecer, pues no desapareció. Se lo cargó un autobús. Yo estaba alucinado. Noqueado. Seguí. Fui paralelo al tranvía un kilómetro, aproximadamente. Es un sitio peligroso para un tío alucinado con deseos suicidas. Un paso a la izquierda, y se acabó. Luego corres sobre el tráfico. La autovía está debajo, otro brinco a la derecha o a la izquierda, y se acabó. Es curioso el cerebro, cuanto más te sientes capaz de hacerlo, más te relajas. Siempre hay una salida. Un brinco y pam!, todos los problemas resueltos. Pero bueno, estaba corriendo, mi corazón bombeaba sangre a mis músculos. Bum, bum, bum. Mis pulmones participaban de la fiesta tribal. Todo iba bien, salvo por el hecho de que en mi cabeza había una multitud. Al llegar a Espinardo había que decidir. A la izquierda, Molina de Segura, Madrid, Francia. Europa y seguir hacia al este. A la derecha, sofá.
Giré a la derecha.
De eso hablo cuando hablo de correr, Murakami.
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