15 kilómetros a ritmo M y una confesión
Ayer fue la primera vez que borré una entrada de este diario. La destrucción es construcción también. Hablaba de mi padre y de una historia que suelo adornar conforme la cuento. La historia ha crecido tanto en mi cabeza que dudo que alguna vez sucediera. Si este diario no sirve para desmontar mis propias mentiras edulcoradas entonces no sirve para nada.
La historia empezó del siguiente modo: en una visita que hice a mi padre a Tenerife, le comenté que pretendía escribir un relato sobre la producción de vino. Él estaba metido en el cultivo de la uva, una parte la vendía al consejo regulador y otra la guardaba para hacer experimentos vinícolas. Mi padre era bastante intenso, y si le tocabas alguno de sus temas, era una apisonadora. Una semana me tuvo de aquí para allá, presentándome productores, fabricantes, comerciantes, agricultores. En Tenerife, la uva se cultiva en terrazas. Uno de aquellos días subimos andando a la más alta de las terrazas vinícolas del pueblo. Un buen hombre nos sacó su vino casero. Matarratas. Y algo de mojo con pan duro. Una vez terminamos, continuamos nuestro camino. Nos llevamos el matarratas y fuimos bajando de viña en viña, reclutando señores del campo y catando vinos sin domesticar. Mi padre era Don Pedro. El enfermero del Centro de Salud. Alguien importante. No era un intruso. Era uno de ellos. Y el veneno que hacía no era mucho peor del que hacían los demás. Fue divertido. Yo era el hijo de Don Pedro. Un escritor. Tampoco era un intruso. Es uno de los mejores recuerdos que tengo de él. El de aquel día y aquellos vinos infames. Fue, divertido, loco y tierno. Siempre que cuento la historia añado algo, más agricultores, más viñas, más vino, más comida.... En los últimos relatos, había no menos de diez o doce fornidos agricultores asando un cordero y cantando canciones guanches a la orilla de un mar bravo e indomable, como aquellos caldos indómitos.
Todo falso, no ocurrió así. La vida no es así. La vida no es como la contamos. Es más simple y más sucia.
Pero así era mi padre. Un hombre intenso. Una apisonadora de vida y de muerte. Adornar sus historias es hacerle un homenaje.
Una vez subimos a lo alto de una montaña con una botella de ron miel para ver las estrellas. Nos bebimos media botella. A palo seco. Y mi padre no dejó de hablar en toda la noche. Sabe Dios, que lo tiene en su gloria, que no miento.
Comentarios
Publicar un comentario