Cuando el cielo y la tierra están en llamas, ¿qué hace el águila?

 Cuando entrenaba para mi primera maratón (Sevilla), y según lo que iba leyendo por aquí y por allá, era importante hacer una o dos salidas "largas". 25 o 30 kilómetros, un mes o mes y medio antes de la prueba. Suaves, tranquilos, festivos. Necesarios para coger confianza y fondo. Bueno, aquello me ponía tanto o más que hacer la maratón. Correr 30 kilómetros... buff. Yo salía con Noemí, y ya empezábamos a pasar fines de semana en Mula. Empezaba, todo empezaba. Tenía la ruta seleccionada. La vía verde hasta La Puebla, desde la Puebla dirección a Fuente Librilla, el cruce a la derecha, después subir hasta Pliego, después vuelta. Me sonaba precioso, dulce y glorioso. Domingo, primeros de enero. El sol luciría y yo lo haría, correría 26 o 30 kilómetros y todo sería perfecto. Mis piernas querían, mi cuerpo estaba preparado.  

Pregunta: ¿Quiéres hacer reír a Dios?

Respuesta: Cuéntale tus planes.

Como me gusta este aforismo. O koan, lo que sea.

Hay otro que me gusta mucho también, y que es tan apropiado como el de arriba:

Pregunta ¿Cuándo el cielo y la tierra están en llamas, qué hace el águila?

Respuesta: Volar hasta caer rendida.

Todo estaba preparado menos Dios, El Águila y Mula. Alerta amarilla para el domingo. Por fuertes vientos. Pensaba salir igual, qué me importaba a mí una alerta amarilla. Yo sólo pensaba en mis 30 kilómetros. En mi maratón. Empecé a correr. El viento me zarandeaba con violencia cuando venía de lado. Los árboles se inclinaba hasta tocar el suelo. Cuando venía de frente, no podía avanzar. Dios, el Águila y Mula. Y un coche de la guardia civil, sólo falta un coche de la guardia civil en esta historia. Llegando a la redonda, justo antes de empezar los 500 metros que te llevan a La Puebla, un coche de la guardia civil se paró a mi altura. Con el viento tan fuerte, ni recuerdo que me preguntaron. Ni los escuché. Por lo que parecía, me recomendaban que me diera la vuelta. Llevaban razón. Eso no era entrenar. Eso no era deporte. Eso que estaba haciendo yo era peligroso e innecesario. Me di la vuelta.

Ayer no necesité a la guardia civil. Corriendo es peligroso. Te puede caer una rama de un árbol, entre otras cosas. En la bicicleta, además de todo eso, te puedes caer tú. Lo que está en juego es la vida. No quiero dejar a mi hijo sin la compañía y tutela de un padre tan cojonudo como yo. Aproximadamente en el mismo punto que años atrás, me di la vuelta.

No es agradable desmontar un entrenamiento. Pero en mi plan, los que le cuento a Dios, ha desaparecido un poco la bicicleta (sé que debo horas de bici, lo sé) y las sesiones largas de natación. Hago de 6 a 7 entrenamientos semanales. Está bien. Estoy recuperando el tono del atletismo. El cielo y la tierra están en llamas, siempre lo están. Las águilas están bien, en ruta. 

Todo está bien.

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