Medio Ironman de Sevilla
Las copas de las palmeras se agitaban con ardor. La lluvia venía de lado. De arriba, de abajo. El viento era vigoroso. Los baladres se sacudían, a las orillas de las carreteras. El viento no paraba, no pararía en todo el día. En toda la noche. La corriente del río desde la habitación del hotel parecía cosa seria. Cuando bajabas a la orilla, a ras de suelo, empeoraba. Adagios de tormenta. La carrera iba a ser una trituradora. Algunos, los más asustados, los más inexpertos, nos mirábamos y nos preguntábamos si en un río ASÍ era posible nadar. Sólo es viento, no es una corriente real. Nos convencíamos los unos los otros. Por debajo todo está tranquilo. El viento te pega a la ida y te ayuda a la vuelta. Y una vez aparcada la bici, correr es fácil. No hay problema. No sería para tanto...
Pues sí que fue para tanto. Fue un día duro de cojones. De los que voy a recordar toda la vida. El río me pegó una buena paliza. Me costó alcanzar la última boya roja. Me costó subir a la plataforma de madera. Me quedé tumbado unos segundos boca arriba. En la bici el viento te pegaba en la ida, en la vuelta, y cuando llegó la lluvia fina, horizontal, esa lluvia se te clavaba en las mejillas, en los brazos. Pero ya nada duele. Te aplicas al cuento y miras la hora. Mantener una cadencia constante y no derrumbarte. Eso pensaba yo. No te derrumbes. Eso es para mi un triatlón de media distancia, no derrumbarte. Llegué a la T2, me puse las zapatillas. No quedaba mucho en la reserva que ofrecer. Sólo la voluntad de no desfallecer. Que menos que eso. Eso siempre tienes que tenerlo. La voluntad de no derrumbarte. Si me tuvieran que fusilar, pensaría en eso: no desfallezcas. La muerte es inevitable, lo evitable es el derrumbe. No te derrumbes, lo dice Miguel Hernández. El de Orihuela.
Y ahí viene mi medalla. 21 kilómetros son 5x4. + 1. Cuatros veces cinco más el último. O también cinco veces cuatro, más uno. También es si lo prefieres, tres veces siete. Siete malecones, ida y vuelta, de madrugada. Mi mayor problema estaba siendo calcular qué significan 21 kilómetros. Uno tras otro sin desfallecer. El primero, el segundo, el tercero... No me centré en el ritmo. Me centré en la postura. Esa decisión lo cambió todo para mi. En el 12 una parte de mi cuerpo se empezó a relajar. Del 12 al 17 salió el viejo Pedro, el corredor. Esa sensación de querer y poder... Ey, viejo Pedro! que alegría verlo por allí. En el 19 se fue, lo dejé marchar, pero esos cinco kilómetros, fueron una alegría inmensa. Ya quedaba poco. El viento, la noche, la lluvia y los dos últimos kilómetros. Me relajé. Llegué a meta. Grité (nunca he gritado en una línea de meta). El tío del megáfono dijo mi nombre y apellidos y mi posición en mi grupo de edad (nunca ningún tío del megáfono había dicho mi nombre y apellidos) y abracé a mi hermano, que me esperaba en meta, de la misma manera que yo lo esperé a él en As Pontes.
Eso también es cosa de hermanos. Si podemos sumar dos alegrías, perfecto. Si nos tenemos que repartir una alegría entre dos, no tenemos ningún problema. Todos es a medias. Siempre.
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