El atropello

 Era una de las pocas mañanas que puedo correr a la luz del sol. Por la mota del río. En dirección Alcantarilla, desde el puente del malecón, tocaría una salida de 14 kilómetros, porque giré en el segundo puente. Volvía por el camino de tierra, cuando vi venir a cuatro corredores. Juventud, lozanía y zancada amplia. He visto gente correr así, en la pista de atletismo de Alcantarilla. Zancada ligera, aterrizan con el antepié, cerca de las puntillas, pero de forma natural. Tienen los codos pegados al cuerpo, el antebrazo en ángulo recto respecto al suelo, pero de forma natural. Pueden correr tres series de 5000 a 3:45 y no los verás perder el control. Se sientan, estiran y charlan tranquilos. No presumen ni se esconden, son gacelas a las que no les falta discreción ni entrenamiento. 

Esa clase de gacelas corriendo en dirección contraria. O yo en dirección contraria a la suya. Rápidamente los tuve encima. No vi hueco por el que colarme. Me cago en todo! casi me arroyan. Me quedé parado, con las manos en alto. Pensé que me revolcarían, como una manada de búfalos arroyaría a un pobre ratón de campo. En un tris, el que me tocaba por trayectoria, al rebasarme, me miró como un búfalo miraría a un ratón de campo. Como si no existiera. Y yo ahí con las manos en alto. 

Era Mariano García García. Tercera mejor marca española de los 800. 

Otra vez me crucé con Mariano Rajoy, por la misma mota del río. Pero el presidente no intentó atropellarme. 

Bastante había hecho ya.

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