El estepicursor valiente

- Lo inteligente es no complicarse mucho la vida - dijo, al tiempo que observaba un estepicursor enredarse en la valla de alambre. Vació el cubo de lechugas y zanahorias podridas en el comedero de la pocilga. Los cerdos se pusieron a la faena. 

- Que un animal se coma cualquier cosa no quiere decir que cualquier cosa sea lo mejor para el animal - dijo, intentando quitarse el barro y la mierda de las botas a taconazos. Amanecía. Un cielo arrebolado, limpio y frío, subrayado por la niebla del invierno. Nuestro amigo sin nombre pasó de la pocilga al gallinero. Les tenía cariño él a las gallinas. Por lo que fuera. Le gustaba que el amanecer coincidiera con el rato del gallinero. Se paró un momento en el quicio de la puerta. El gallinero estaba orientado al este. 

- Que bonito - dijo - es como una sinfonía.

Su figura se recortaba como una sombra divina repleta de serenidad. Serenidad y un cesto de mimbre. Si las gallinas creyeran en Dios, éste sería su mesías. Entró y recogió diecisiete huevos. 

Los dejó en casa, se sirvió una taza de café y se sentó en la silla de madera blanca que estaba junto a la ventana, en la cocina, orientada al oeste. Todavía estaba oscuro. El perro apoyó con ansiedad sus patas delanteras en el alféizar. Tenía diez años y no había pisado el interior de la casa ni un sólo día. Aún así, era pertinaz. Pero no tanto como nuestro amigo. Se acercó al frigorífico y cogió un trozo de salchichón. Volvió a la silla, abrió la ventana y se lo dio. El perro quedó satisfecho, meneando su peluda y sucia cola se marchó.

- Lo inteligente es no complicarse mucho la vida - dijo, cerrando la ventana - decir que vas a hacer algo y hacerlo.

El estepicursor, de alguna manera, logró liberarse de la valla de alambre y siguió su camino hacia el mar. 

Nadie había escuchado nada de lo que nuestro amigo dijo. 

Nadie excepto tú y yo, claro.


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