Epifanía #2
Claro que no es fácil de describir. Lo ensucio con sólo nombrarlo. Ese pequeño milagro. El de la epifanía del corredor. Es una ruta de 28 kilómetros que lo tiene todo. Los primeros 8 kilómetros son los de siempre. Hasta pasar La Puebla de Mula. Una vez dejas el castillo a la derecha, empieza una larga subida hasta el kilómetro 11 dónde el paisaje se abre, y ves los tractores, las granjas, los almendros, las oliveras, el olor a estiércol y Sierra Espuña de fondo. Esa subida te quita el polvo de las piernas. Si vas bien preparado, hasta el kilómetro 15, tienes un tramo realmente hermoso. La pradera te acoge, te lleva en un tobogán, hacia arriba y abajo, suavemente. A partir de ahí, puedes girar hacia Librilla (izquierda) o hacia Pliego (derecha). Los 3 kilómetros hacia Pliego son un tanteo, un falso llano que te avisa de que se acabó la pradera y los buenos modales. La montaña se acerca. Entonces empieza la escalada. El camino se empina, el bosque se cierra, llegan la sombra y el frío. Te dices cosas allí, si veneno traes, veneno bebes. Si traes alegría, será más fácil. Si traes dudas, hermano estás jodido, porque la vuelta no te la puedes dar.. ESA es la parte que realmente me gusta. El bosque se cierra, no ves la luz, las piernas tiemblan pero tu cabeza debe permanecer firme, mantenerse, defenderse. Claro que te pueden fallar las piernas, ir corto de entrenamiento o haber pasado mala noche. Pero la firmeza, amigo, esa debe ser tu gran arma. Tu convicción en que quieres y puedes.
Entonces, de pronto, en algún punto entre el kilómetro 20 y 21 todo termina. El bosque se abre. Has pasado la prueba y el Sol vuelve a brillar. Aquí Pliego, allí Mula, su castillo y más allá más montañas, que llevan a otros lugares cuyo nombre desconozco. Ese es el pequeño milagro. El bosque liberándote con sus dedos rugosos de pino y ofreciéndote la medalla de oro del Sol.
No sé describirlo mejor.
Ni quiero.
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